¿Al final qué será lo que
tu recuerdes sino la mera ficción?
Aún espero que me mires desde un lugar otro, despojado de ti. No te queda más
que lanzarte de la montaña. Quizá lo que te espere sea al menos un mar negro, indivisible.
Yo no quiero ser otro de tus cuadros carcomidos por el polvo, así como la
humedad de tu casa ya habrá devorado mi perfume. Aquel moho asqueroso que se
expande en tus tablas, es el retrato del agujero negro que invade tu frágil
memoria, mi amor.
Cuando mi papá me vino a
conocer, llegó en un auto extraño con forma de huevo. Cuando se bajó me sonrió con un guiño.
Para mí al menos fue patético. Resultó que era alto y vestía una chaqueta café
preciosa, que sin tocar intuí áspera. Se dio vuelta y sacó una bolsa con un regalo
dentro. Era una pelota. Hazte el hueón no
más, me dijo mi mamá. En ello que ocurría toda esa escena forzada, ella, muda
y sin mirarme, me peinaba suave con su palma. Ya en el auto me preguntaba un
montón de cuestiones, entre los hobbies y lo que no comía, entre lo que veía en
la tele y la iglesia a la que iba, que cual era mi equipo favorito. Yo sólo me
turnaba entre mirarle los ojos pardos por el retrovisor y mirar el arcoíris en
aquel páramo que se nos abría. El psicólogo me preguntó qué edad tenía en ese
momento. Ya no me acuerdo, le dije ¿Pero eras chico? Sí, bien chico, le
contesté ¿Cómo sabes eso? Porque una rabia profunda no tenía. Casi finalizando
la sesión me dio un ejercicio de respiración para quedarme dormido. Inhalar
fuerte, exhalar lento. Siete veces. En la última tenía que aguantar la
respiración. Cuando ya en la noche miraba el techo en apnea, mi gato entró a la
pieza, (pensé que la había dejado con llave.)
Se subió a mi cama, la ignoré, yo solo miraba el techo. Se acurrucó en
mí brazo, se quedó dormida. Y me puse a llorar.
Abajo la línea amarilla, al
frente el cardumen, las caras negras.
Me ví detrás de ellos, los espejos se deformaron. Vino el tren. Me arrepentí.
Ficcioné que fue mi abuela, y en ese juego le dije: no puedes descansar en paz.
Te lo prohíbo tajantemente. Y tú que me decías veleidoso.
Te pillé en el patio
Te observé riendo
Te reías tan fuerte . . . J
Al final no me aguanté
Mis
margaritas se reventaron
Por la culpa de tus pecas.
A
las 3 de la mañana comenzó un tornado.
A las 4, mi hermana supo
que le cancelaron las clases.
A las 4:50 se cortó la
luz.
A las 5 mi madre empezó
con fiebre.
A las 7 rompió el cuadro
que hice y esparció la comida
A las 7:30 suspendieron
mis clases.
A las 8 me arranqué al
bosque en bici.
A las 8:15 pillé el
caballo de mi madre tiritando entre unas matas.
A las 8:45 llegué con él y
vi que el establo ya no existía. Lo amarré al sauce. Entré a mi casa y mi
hermana me abrazó asustada.
La Tormenta se volvió
agresiva y nos dejó encerrados. Por mi ventana yo solo veo un ritual inmenso.
Mi hermana me trae los pinceles, mi block de dibujos y me pide que por favor le
enseñara a pintar la tormenta. Mi hermana elucubraba pintando, mientras yo le
hacía una trenza. Al medio estaba yo con el caballo. Pegué los marcos rotos y
lo enmarqué en el living comedor, justo allí donde una vez estuvo el otro.
Me llamaste y me
preguntaste si nos podíamos ver en el parque que estaba cerca a mi casa. Ahí sentí que se me durmió el pecho y
parte de la mandíbula, pero como pude te dije que sí, que bueno, que me ponía
mi chaqueta café e iba. Llegué, te distinguí por tu pelo que brillaba bajo el
poste de luz. Te di un abrazo, luego no
me soltabas. Al rato nos reímos de todo, nos reímos tanto que me acordé cuando
te vi en el patio. Entonces fue ahí que te conté todo. Te reíste con punto
suspensivo y de nuevo sentí ese calor que adormecía la garganta. Te pregunté si
querías algo en específico. No me mirabas, mirabas la arena, pero yo te seguí
preguntando y en aquel punto me acerqué. Me diste un abrazo, te pegaste a mi
mejilla, yo te veía las pequitas, te despegaste y me diste un beso. Ahí estuvimos.
Ahí nos quedamos. Quizá 20 minutos
dándonos besos, tocándonos, frotando lo que se podía.
Ha pasado un mes. Quizá pronto me salgan pecas en este
vértigo rutilante.
Delirium
tremens, dijo el doctor.
La internaron de inmediato. Yo me quedé con mi hermana y mi gato en la
casa. Llamé al Pecas varias
veces. Ahora cuarenta días. En los
patios, cuando te veía, me evitabas, te pusiste hirsuto de repente, yo más no
podía hacer.
Mi amiga me llamó, me dice
que vaya al parque. Sí, en el mismo parque, me respondo
mentalmente. Cuando llegué estaba debajo del poste, le dije que mejor fuésemos
a sentarnos a la banca ¿Cómo está la tía? No le respondí. Me habló de mil
cosas, yo casi ni le escuché. Mi hermana ya me había llamado siete veces. Te quería pedir perdón, me dijo de repente.
Pasa que cuando terminaste con el Pedro, no sé, tuve que elegir un bando ¿Un
bando? Sí, parece que dijo un bando. Me abrazó. Me pidió perdón y me dijo que
me extrañaba. Yo me dejé, la abracé igual. En mi mente la mandé a la mierda. Me
fui.
Negro.
Surco al medio.
Los ojos de mi gato.
Su única patria soy yo.
Los restos de un autoexilio.
Tenía miedo por no
encontrarte entre el fuego y la noche.
Mis ojos se clavaron a mis
venas asaltadas por la manguera del
suero. Mi madre estaba
en un sillón, su pelo estaba más corto, parecía que tiene arrugas nuevas. Atrás
de ella, un manto negro se iluminaba del azul eléctrico, las paredes retumbaban
con los truenos, y las gotas estallaron sobre el ventanal que daba a ese pueblo
taciturno. La puerta estaba abierta y al fondo del pasillo estaba el caballo.
Estaba inmenso, inflamado, pétreo, sudado entero. El caballo se me acercó y yo
ya casi ni sentía el hedor de hospital. El suero comenzó a hervir, la bolsa se
derritió, a los segundos se fundió la manguera llevándose de paso mi sangre.
Mis piernas tiritaban y mi madre despertó, al tiempo que me desvanecí
lentamente. Al pestañeo estaba encima del potro. La bata la tenía pegada a mi espalda.
Mis extremidades goteaban el pasillo. La funda hirsuta era mi chaqueta café que
raspaba mi cara. El temblor se diluía pisada tras pisada. Pisada tras pisada. A
duras penas resistió la rabia. Pisada tras pisada. Pisada tras pisada.
Un alud profundo arrasó el
pasado.

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