¿Qué te da miedo? Me preguntó sin mirarme, anotaba algo, quizá simulaba anotar algo. Patricia es orientadora del colegio pero ella se jura psicóloga, ella jura ser Pilar Sordo. Cuando nos manda al auditorio juraría que nos cita Pilar Sordo, esa señora encarnada en Patricia, en los rulos de Patricia, en el cuerpo moreno y pelo mal teñido rubio de Patricia. La mismísima famosa conferencista en mi colegio metabolizada en Patricia, todos los días. Pilar Sordo frente a mí. Bajar en filas a las butacas como si ya no fuese suficiente verla siempre, en la televisión, en los medios digitales. Tragué saliva, me rocé los dedos, más bien los apreté. Me tiritaba el cuerpo, obvio que me tiritaría el cuerpo, aquello siempre es inexorable en mí, es el reflejo más ruin, traicionero y maldito de esta carne. No sé, le dije, no tengo idea. Es que tú nunca tienes idea de nada, mi huachito. No me diga huachito. Pablo, además todo te molesta, tus compañeros dicen que siempre andas molesto, que mejor no hablarte. Bueno, que no me hablen, no me interesa. Pero tú eres parte de algo, corazón, yo creo que debemos cambiar la mirada, en esta sociedad necesitamos individuos amorosos, de vernos como otro, como un tú. Pablo, dígame Pablo. Pablo. No me importa. Bueno, Pablo.
Mira, te traje algo. Fue ahí que pensé en un libro firmado por la doña, por la quién más que ella emergiendo del cajón con toda su infinita verborrea, así como los payasos comprimidos saliendo uno a uno de un automóvil enano. No, era una hoja en blanco, al lado puso un bolígrafo hermoso, negro, grueso, al medio decía: Te amo. Quiero que agarres el lápiz- agarro el lápiz- y en el titular pongas: Si esto es lo último que voy a escribir, puntos suspensivos. No lo podía creer. Es un ejercicio que yo aprendí en un Taller de Terapia y Escritura, es precioso, te va a encantar, dale. Pero es que no entiendo. Mi amor, sólo escribe, arrójate. Le pregunté si acaso podía escuchar música al mismo tiempo que yo me adelantaba poniéndome los audífonos, pero ella movió la cabeza, cerrando los ojos, lentamente, de lado a lado. Te apuesto, yo me decía una y otra vez, te apuesto que lo vio en un video de YouTube, en una conferencia de Pilar Sordo, te apuesto lo que sea porque yo también lo vi, te apuesto que fueron nuestros ambos cerebros, que por medio de las imágenes, grabamos al detalle aquel diminuto gesto tras cada sorbo de Cachantun. Quiero que escribas sin pudor, olvídate que estoy aquí, yo ni siquiera te estaré mirando. Respiré y comencé a escribir, la hoja en blanco era de oficio, se veía inmensa eterna, creí que escribiría a lo más seis líneas, pero para mi sorpresa escribí hasta la mitad. Al entregársela, asintió con la cabeza, me dijo gracias, se puede ir -me paré- y devuélveme el lápiz, en ese orden.
A la mañana siguiente, la inspectora entra a la sala, dice frente a todos que el director me espera abajo, mis compañeros al unísono hacen el típico ruido que se genera cuando contraes los labios y aspiras el aire por aquel hoyo arrugado. Risas solapadas, cortas, entre nervios ajenos y simples burlas. Bajo las escaleras, llego a la recepción, el secretario con la mano me hace una señal de entrar, toco la puerta, escucho el “pase”, abro la puerta, mi madre lloraba sentada frente al director mientras a su espalda Patricia le sobaba. Esa imagen sólo enardecía el cuadro, un cuadro del cual yo no quería formar parte, pero una vez que moví la manilla mezclarme en ese óleo exótico que veía frente a mí fue inevitable. Acércate, me dijo el director. Al acercarme a su escritorio veo el oficio, la hoja antes blanca encima del escritorio justo al medio y en ella la tinta negra de mis letras. Partía y terminaba lapidante, sí, tal vez dura. Después continuaba una descripción sórdida y detallada de lo real vs lo ficticio.
¿Cómo pudiste escribir eso, Pablo? ¿Te atreverías si quiera a leerlo? No le respondía que “sí”, pero cogí la hoja semi temblando y leí:
Si esto lo último que voy a escribir… Si esto es lo último que voy a escribir, quisiera partir diciendo que tú, por más que imites su voz, nunca como serás como ella, nunca serás como mi madre. Yo con mi madre ya tengo suficiente ¿Por qué quieres ser como mi madre? Yo te recomiendo que te alejes de ahí si quieres ser psicóloga, pues hoy en…
Estás expulsado, me dijo el director. Me decía que cómo llegaba a aquello, que cuáles eran mis conexiones mentales, que si acaso necesitaba ayuda lo dijera, que No comprendo cómo llegas a escribir esto de personas que te quieren tanto, que si acaso me estaba burlando ¿Tú quieres estar aquí? No, no quiero, le dije. Míralas, están rotas. No, no quiero, le repetí. Pablo, míralas.
De a poco me doy vuelta, presione la silla, reventar las astillas se vuelve posible, la agitación me envuelve, y ahí, en la constelación fatal de los rostros, como en una especie de sopor, tras casi una mirada ensayada y una voz al unísono, me preguntan: ¿Confías en mí, Pablo?
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Nikolas Lagos.
Los Ángeles, Chile
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